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El miedo

por el Dr. Ernesto Gil Deza

El miedo es una emoción que se ha conservado a lo largo de toda la evolución porque nos protege. 

El miedo, el temor, el pánico, son grados del mismo fenómeno, percibimos o intuimos una situación de grave riesgo para nuestra vida. Esa emoción dispara nuestro circuito de alarma (stress) que nos lleva a paralizarnos, pelear o a huir.

La parálisis inicial trata de que no sigamos por el mismo camino, adentrándonos más en lo que nos atemoriza, al mismo tiempo se agudizan nuestros sentidos para percibir que está sucediendo y cuáles son nuestras opciones: si la amenaza es dominable, entonces peleamos; si la amenaza es superior a nuestras fuerzas entonces huimos.

Cuando uno medita el Evangelio encuentra muchas situaciones en las que se menciona el miedo: en la barca, en el monte, en la pasión, en el sepulcro, en el cenáculo. 

En todos esos casos el miedo atenaza nuestro corazón: cuando en nuestra vida las inclemencias biográficas nos ponen en riesgo de zozobrar, tenemos miedo; cuando nos enfrentamos al misterio, tenemos miedo; cuando estamos en un ámbito hostil, tenemos miedo; cuando nuestra Fe se ve desafiada, tenemos miedo; cuando estamos encerrados esperando al Espíritu, tenemos miedo.

¿Qué nos saca del miedo, de la parálisis, de la vorágine que nos amenaza? La Fe. El antídoto del miedo es la Fe. La confianza en un Dios Padre que nos ama, misteriosa y profundamente; en un Dios Hijo, que se aproximó a nuestra condición para hacerse hermano y amigo; en un Dios Espíritu que vivifica y renueva toda la vida.

Esa Fe es la que nos lleva a elegir con sabiduría:

Cuando te veas impotente no caigas en la tentación de creer que el dinero es la solución, porque hay cosas que no puedes comprar ni por todo el oro del mundo.

Cuando sientas que las fuerzas de la naturaleza zarandean tu barca vital, no esperes aumentar la seguridad mediante ningún ardid científico molecular o informático, pon tu vida en manos de tu creador que es Señor de la Vida y de la Muerte, de Oriente y de Occidente, desde que sale el Sol hasta el Ocaso. 

Cuando te deslumbre el misterio y te asombre la sorprendente realidad desconocida, no intentes reducirla para poder manejarla, déjate inundar por la luz y la paz infinita.

Cuando estés en medio del caos y la hostilidad, no olvides que en tu corazón habita el mismo Dios. Es un misterio grande, pero toda la eternidad habita en tu pecho.

El miedo es inevitable, la Fe está inmediatamente después de la parálisis y surge como un tercer camino, dejarte guiar por tu Padre, a dónde sea.

A veces será huir, Egipto y Nazaret fueron destinos guiados. A veces será resistir y pelear, la tierra prometida tuvo que ser conquistada. A veces será entregar tu vida. 

Sin duda la agonía y muerte de Cristo son un ejemplo de entrega, pero les confieso que cuando de entrega por la Fe se trata, el testimonio de la madre de los Macabeos, en el capítulo séptimo del segundo libro, siempre me deja boquiabierto.

Imaginemos la escena, Antíoco ha desatado su furia contra el pueblo judío, ha prohibido sus costumbres, ha matado a Eleazar, ha asesinado a los que en una cueva celebraron el sábado y ha despeñado a dos madres con sus hijos por haberlos circuncidado.

Ahora trae a una madre y sus siete hijos para que abandonen su Fe. 

La madre ha sido testigo de la muerte de seis de sus hijos y les ha hablado, dice el texto: en lengua materna, de esta manera: 

«Yo no sé cómo ustedes aparecieron en mis entrañas; no fui yo la que les dio el espíritu y la vida ni la que ordenó armoniosamente los miembros de su cuerpo. Pero sé que el Creador del universo, el que plasmó al hombre en su nacimiento y determinó el origen de todas las cosas, les devolverá misericordiosamente el espíritu y la vida, ya que ustedes se olvidan ahora de sí mismos por amor de sus leyes»

Al séptimo le promete riquezas si abandona la Fe, y le pide a la madre que lo persuada, y esta acepta hablar con el Hijo y burlándose del tirano le dice:

«Hijo mío, ten compasión de mí, que te llevé nueve meses en mis entrañas, te amamanté durante tres años y te crié y eduqué, dándote el alimento, hasta la edad que ahora tienes. Yo te suplico, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra, y al ver todo lo que hay en ellos, reconozcas que Dios lo hizo todo de la nada, y que también el género humano fue hecho de la misma manera. No temas a este verdugo: muéstrate más bien digno de tus hermanos y acepta la muerte, para que yo vuelva a encontrarte con ellos en el tiempo de la misericordia».

Luego de asesinar a los siete hijos, finalmente también mataron a la madre.

Cuando pienso en tantos hermanos nuestros que han muerto martirizados, siempre creo que deben haber tenido una Fe comparable a la de esa madre. Una Fe que reconoce al Señor más allá del dolor, el sufrimiento, la tortura y la muerte.

Cuando uno ve esos testimonios que nos han dejado nuestros mayores, se pregunta:  ¿Qué temes? ¿A quién temes? ¿Por qué temes? A poco de formularse esas preguntas, encontrarás la serenidad, la fuerza y la sabiduría para hacer lo que Dios manda.

La maldad, el pecado, el dolor, el sufrimiento, la injusticia y la muerte, forman parte de un misterio que los humanos no podemos dilucidar. Dios en su infinita sabiduría los permite, como permite a la cizaña crecer junto al trigo, y hace salir el sol sobre buenos y malos. Tratar de dilucidar ese misterio es endiosarnos y fracasar.

La Fe lo que nos dice cotidianamente es que Quien hizo el género humano y todo lo creado, Quien informó la materia de tu cuerpo y te dotó de espíritu y de vida, quien te afilió por el amor de su Hijo, no te abandonará jamás.

Esa es nuestra Fe y allí el miedo desaparece.

Un abrazo a la majada.

Ernesto

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