Me acerco vertiginosamente a empezar la séptima década que tránsito por estos lares y no dejo de considerar que el tesoro más importante de mi existencia es el don de la Fe. A partir de allí se construye todo. La dicha de amar y ser amado como una de las gracias más grandes de la existencia. El sufrimiento de la maldad ejercida o padecida como la desgracia más grande de la vida. Pero estos dos limites no son simétricos, entre el amor como la plenitud del bien y la maldad como la carencia absoluta de bien hay una tensión muy marcada hacia el bien, del mismo modo que una traza de azúcar endulza un mar y un esbozo de luz ilumina la oscuridad.

            Es cierto que el mal tiene más prensa, pero no más éxito.

            Pero si hay algo central en la Fe que me ha sido regalada es la palabra Abba para referirnos a Dios. No es un detalle menor que ya esté mencionada en el primer libro sagrado que se escribió en la historia del cristianismo: la carta de San Pablo a los Romanos y no es un detalle menor que el contrapunto del juicio de Pilatos sea entre dos hijos.

            Yo creo que San Pablo también se vió impactado con la revelación de Jesús de que Dios es nuestro Abba. Dios es nuestro padre, pero el modo Abba es la palabra reservada a los padres amados, a nuestro papá, no tanto desde la pequeñez del hijo que nada puede sin su ayuda sino desde la confianza del hijo que busca consuelo para su dolor, consejo para su ignorancia, ayuda para sus proyectos, fuerza para su debilidad, auxilio para su desventura pero también con quien compartir la dicha, la alegría, los éxitos, los logros, las superaciones y con la certeza de que uno es escuchado, aconsejado, auxiliado, esperado y amado, siempre, primero y más por Él.

            Ese es Abba.

            Para mí ahí radica toda la teología. Conocer a Cristo es conocer a Abba. Amar a Cristo es amar a Abba. Ser habitado por Cristo es ser habitado por Abba. Porque Él y Abba son uno solo. Pero nadie puede decir Abba si el Espíritu no se lo ha revelado. Esa es la palabra de vida eterna.

            No es tampoco un detalle menor que en el juicio de Pilatos esté de un lado el Cristo, Hijo de Dios Padre y frente a Él esté Barabbas (nosotros le decimos Barrabás) es decir Bar (el hijo) de Abbas (el padre) porque son dos modelos del ser hijos.

            El hijo de la violencia es hijo del Dios no revelado. Observando la naturaleza, la fuerza destructiva de sus desbordes, la exuberancia de sus bienes y la lucha por la supervivencia de todos los seres, cree que la posibilidad del cambio es a través de la violencia y allí nace el fanático. Estoy tan convencido de estar en la verdad que no dudo en preferir al otro muerto antes que equivocado. El cambio sucederá cuando no quede nadie que piensa o sienta distinto. La oración más agradable a Dios es el holocausto.

            El Cristo es el hijo que conoce y revela a Abba. No es a través de la destrucción como se produce el cambio sino a través de la construcción amorosa de un futuro común. El ejemplo más claro del reino es el de la semilla, que crece al desaparecer en el seno de la tierra, que crece a pesar de estar sembrada junto a la maldad, que da sombra, cobijo y sustento a quien lo necesite, que lo hace silenciosamente, mansamente, casi sin darse cuenta. Es en la brisa cuando habla el Señor no en la tempestad. Es en el Arco Iris y no en el diluvio dónde se hace presente. Es en la búsqueda de los justos que salvaran la ciudad y no en el fuego destructivo que arrasa Sodoma, dónde habita el Señor. Es en el martirio del justo que prefiere morir por sus ideas, mucho antes de matar a nadie, dónde está la fuerza de Dios. La oración más grande es la del corazón que se hace en la intimidad y en la austeridad de un madero hasta el instante final de la vida. Es en el cuidado de la viuda, el huérfano, el enfermo, el encarcelado, el hambriento, el desnudo, dónde se manifiesta la oración activa del creyente.

            Esos son los dos hijos. Uno pasó guerreando y combatiendo, el otro pasó haciendo el bien. Son dos maneras de construir un mundo más justo. Uno es venciendo y el otro es convenciendo. En el primero Dios es nuestra fuerza, nuestro escudo, nuestra espada y nuestra victoria. En el segundo es Abba, nuestro padre, nuestro guía, nuestro protector, el sembrador, el sanador, es su victoria que los contrarios se abracen, los enemigos se amiguen, los muros se derrumben y los caminos se construyan.

            El riesgo de la elección de la violencia es que nos endiosemos, que pasemos a creer tanto que tenemos de nuestro lado las razones de Dios, que terminemos por creer que nuestras razones y las de Él son las mismas y finalmente terminemos por aceptar que nuestras razones son suficientes.

            La ventaja de Abba es que Él siempre tiene razones y recursos que están mucho más allá de nuestra comprensión y nuestras fuerzas. Nosotros debemos pedir que venga Su Reino, ese al que estamos llamados a habitar todos, sin distinción. La construcción del Reino empieza por cambiar nuestro corazón y eso es obra de Él. Nosotros debemos orar para que Él lo cambie y Él lo hará.

            Es con esa confianza y en ese corazón en que doy gracias a Abba por la vida que me ha sido regalada y los dones que generosamente me ha dado; con ese mismo corazón le pido perdón por el mal que he realizado o el bien que he dejado de realizar y es ese mismo corazón el que le ofrezco para que siga modelándolo como arcilla entre sus manos hasta el fin de mis días.

            Un abrazo a la majada

            Ernesto