Parecieran dos verbos encontrados, tendientes a colisionar, sin embargo, no son sino dos caras de la misma moneda.

No me parece posible amar sin temer y no creo poder dejar de temer ante el riesgo de perder lo que amo.

El amor es la fuerza que nos impulsa a conocer y el temor la fuerza que nos impulsa a conservar lo conocido.

El amor entrega, el temor conserva.

Esa tensión entre estas dos enormes fuerzas es lo que nos ayuda a erguirnos con libertad, a poder elegir y sobre todo a seleccionar aquel amor por el que lo damos todo, lo dejamos todo, lo abandonamos todo.

Por eso es que las revelaciones de Dios empiezan muchas veces calmando ese temor: “No temas”, le dice el Ángel a nuestra madre cuando le revela que va a ser la madre de nuestro Señor. Estando reunidos por temor los Apóstoles reciben el fuego del Espírito. No tengan miedo nos acicateaba San Juan Pablo II.

¿No es acaso el temor a las desventuras que pueda estar viviendo la oveja perdida lo que lleva al Pastor a dejar las noventa y nueve y salir a buscarla? ¿Por otra parte no es acaso el temor a perder el tiempo, a contaminarse, a romper las reglas lo que lleva a que sólo sea un Samaritano el que se aproxime al herido? Así el marginal se aproxima al marginado:  nada tienen que perder y nada tienen que temer. ¿No es el temor lo que nos lleva a poner la mano en el arado y mirar atrás, a seguir con nuestros padres y enterrar a nuestros muertos?

Por eso a veces es más fácil preguntarse qué tememos perder cuando queremos saber qué amamos. Lo que es liberador al encontrar esas respuestas es descubrir los temores que nos esclavizan y los temores que nos liberan.

Temer perder la memoria, nos lleva a atesorar registros, pero no recuerdos. Hoy la vida digitalizada nos permite registrar con extrema fidelidad los acontecimientos. Pero esos bytes de información no tienen la hondura, la dimensionalidad de lo que queda guardado en el corazón, re-cordado. Es esa memoria infiel del registro, pero fidelísima del sentimiento la que nos construye como personas. Es recordar cuánto amamos en ese momento, cuánto gozo y cuánta felicidad tuvimos, ese tesoro es lo que lleva al pródigo a volver a la casa de su Padre, a desandar el camino a no temer el rechazo.

Temer perder la seguridad, nos lleva a rodearnos de rejas, muros que nos oculten, alarmas que nos despierten, cuentas que no se toquen y seguros contra todos y contra todas. Los pícaros de siempre aprovechan ese temor para que consumamos falsas seguridades. Cedemos nuestra libertad, nuestro tiempo y nuestro dinero, es decir nuestro trabajo, para sentir que vivimos más protegidos. Encarcelados, pero seguros.

Temer perder el control nos ha llevado a diseñar el ocio y las vacaciones, hasta las aventuras están predeterminadas. Es como si alguien dijera ahora viene una sorpresa. Adrenalina sí, pero a bajas dosis. Drogas, pero de buena calidad. Juegos, pero virtuales. En lugar de experimentar mejor observemos, como lo hacen otros. Los espectáculos, el deporte, los medios, internet, nos han convertidos a todos en “voyeristas” de la vida. Sentir, pero cómo lo hacen otros.

Temer perder la vida, nos ha llevado a obsesionarnos con la salud, debemos tener todos los números correctos desde la balanza al colesterol, pasando por la altura y la cintura. Hay un medicamento para modular cada experiencia o dolencia de la vida. Debemos alejarnos de lo desconocido y de lo nuevo (a menos que esté descontaminado) no tocar, no comer, no salir, no hablar, falta no respirar para que estemos sanos el resto de nuestra vida. Enterrados pero sanitos.

Temer perder la Fe, nos llevado muchas veces a olvidarnos de Dios. Es más seguro refugiarnos en las fórmulas, atar a Dios a las definiciones, aferrarnos a la tradición, cobijarnos en la costumbre. Es un Dios más cómodo y una Fe más llevadera, son de bolsillo.

El amor no teme perder la memoria porque es indeleble, no teme perder la cordura porque es alocado, no teme perder la seguridad porque es inseguro, no teme perder la vida porque es vital, no teme perder la Fe porque es fiel.

En eso se funda la radicalidad del ejemplo de nuestro Señor, su memoria es tan excelsa que no escribió nada, excepto en la tierra y para salvar a una adúltera a punto de ser apedreada; su seguridad tan sólida que no temía estar junto a los publicanos, pecadores y leprosos; sus posesiones tan vastas que no tenía un lugar dónde reposar su cabeza; su Fe tan grande que imploró a su Padre no beber el cáliz que le estaba reservado; su control tan absoluto que entregó su vida y murió como un malhechor aunque no tenía culpa alguna; tal como lo había prometido resucitó y sometió a la muerte y al pecado.

Nos llamó amigos y temer perder su amistad es la única razón por la que vale la pena dejarlo todo, recién ahí descubrís la libertad y vivís en plenitud.

Un abrazo a la majada