De todos los nombres de Cristo y de todas las alabanzas de las que es digno, nombres y alabanzas que jamás podrán agotar ni limitar el misterio incognoscible de su ser, hay uno que a mí me conmueve y es: Hijo.

La segunda persona de la trinidad es sobre todo Hijo del Padre.

Esa condición filial es la que nos afilia y fraterniza. Somos hijos del Padre porque el Hijo nos ha redimido y el nos hace hermanos de todos los hombres, de cualquier hombre.

Esto me maravilla de nuestra Fe.

Porque todo cobra sentido desde esta revelación.

Ser hijo es tomar conciencia de que todo nos ha sido dado.

La vida, la familia, los amigos, los talentos, la salud, los bienes, la revelación, el perdón, todo nos es dado.

Cuando tomamos conciencia de esta condición desaparece el anhelo de poseer más, y es reemplazado por la conciencia de disfrutar cuánto nos ha sido dado.

Mientras estemos en esta tierra, cotidianamente somos obsequiados con un día más, sin que lo merezcamos, ni podamos “ganarlo” por nuestro esfuerzo.

El hijo es un buscador carenciado, por eso toda su vida es un testimonio de la misericordia y el amor del Padre.

 

Testimonio en dónde

lo Eterno se hace historia;

el Verbo se hace palabra;

el Omnipotente se hace necesitado;

el Infinito se hace carne;

el Omnisciente se hace ignorante.

 

Testimonio de un Dios que crece en sabiduría,

trastabilla en su andar,

requiere del cuidado de sus padres;

un Dios que ama tanto al hombre que acepta resignadamente ser ignorado, rechazado y condenado como un malhechor.

 

Testimonio que une

Belén y el Gólgota;

desierto y fiesta;

hambre y pan;

vino y sed;

gozo y padecimiento;

oración y soledad;

cobijo y abandono;

milagro y tortura;

salud y enfermedad;

muerte y resurrección.

 

Todo en Él es uno y el Hijo es uno con el Padre y con el Espíritu. No hay realidad humana que en el Hijo no sea sino cumplimiento de la voluntad del Padre.

Pero esa condición de Hijo, que nos es dada gratuitamente, se traduce en fraternidad.

Si somos hijos del mismo Padre, entonces necesariamente somos hermanos:

 

Circuncisos e incircuncisos;

judíos y gentiles;

hombres y mujeres;

 creyentes y agnósticos;

buenos y malos;

fieles y traidores;

santos y pecadores;

trigo y cizaña,

 

Todos somos bendecidos por nuestra condición de hijos y hermanos.

Ese es el misterio más profundo de la revelación.

Tenemos un Dios que es Padre y nos ama por igual, nos ama hasta la injusticia de la muerte de cruz del que no tiene mancha ni pecado.

Nos ama hasta dar su vida por nosotros, no porque fuéramos buenos o merecedores de tal rescate sino porque éramos pecadores necesitados de tal redención.

Esa fraternidad, testimonio del amor filial, es la que debe manifestarse en el servicio:

Servicio del que sabe que no sólo de pan vive el hombre, pero sabe también que debe ser pan para el hambriento.

Servicio del que sabe que en la cruz estamos despojados de toda vestidura, pero sabe también que debe vestir al que está desnudo.

Servicio del que sabe que en el dolor hay siempre un Dios que nos consuela, pero sabe consolar al hermano que sufre.

Servicio del que sabe que va a ser perseguido por practicar la justicia, pero cuida la viuda y el huérfano.

Servicio del que sabe que Fe y Obras son dos caras de la misma moneda.

Servicio del que sabe que Esperanza y Caridad son virtudes complementarias, porque venimos del amor de un Dios que nos crea y vamos a un Dios que nos espera, como a hijos pródigos, que recuperemos la senda a casa.

Por eso me conmueve pensar que todo ese Dios, que se hizo historia allá lejos en Palestina, por obra del Espíritu, vuelve a estar presente bajo la forma de pan y vino en cada Eucaristía.

Cotidianamente podemos ser testigos de su presencia real y misteriosa.

Vuelve lo Eterno a limitarse, lo incognoscible a hacerse perceptible.

Es ahí donde el Hijo, ahora alimento del viajero, va transformando todo nuestro ser en su ser.

Es ahí donde nuestra manera de ser, pensar, sentir y obrar va adquiriendo Su manera de ser, pensar, sentir y obrar. Por eso su carne se hace carne y transforma nuestra carne. Su sangre se hace sangre y transforma nuestra sangre.

Esa común unión, confirma la filiación y reafirma la fraternidad. Por eso, al decir de Juan, miente quien dice que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien ve y por eso la asistencia material al menesteroso es condición necesaria para poder darle asistencia espiritual, al decir de Santiago.

Nuestra condición de Hijos se acompaña del deseo, el anhelo y el deber de buscar la voluntad del Padre. En eso consiste orar: tratar de escuchar para poder servir.

Que se haga Tu voluntad.