La sociedad moderna está plagada de información. Hasta no hace mucho tiempo era difícil estar informado hoy es difícil no estarlo, claro que información no significa necesariamente algo cierto, verdadero, bello o bueno.

En primer lugar, un caudal importante de información es inventada, imaginada o falseada. Groseramente yo creo que más de la mitad de las cosas que nos informan no son ciertas, es decir que quien las escribe o publica sabe que lo que está diciendo es falso. ¿Por qué entonces se publica y se difunde? Por aquella vieja premisa que decía: “que la verdad no te impida dar una noticia” o, esta otra aún peor: “los medios son un negocio”. Conociendo esa realidad a cinco de cada diez noticias directamente no les creo.

Ahora bien, aquellas noticias que son ciertas no necesariamente son verdaderas. La certeza es una convicción personal e íntima sobre la realidad, esto no significa que la realidad sea lo que yo creo o la que me contaron, aquellos a quienes creo. Quienes creían que la tierra era plana, lo creían de veras y estaban equivocados. Quienes creían que el sol giraba alrededor de la tierra lo creían de veras y estaban equivocados. Quienes creían que la malaria era transmitida por las miasmas pantanosas lo creían de veras y estaban equivocados. Quienes así pensaban no eran ni más ni menos inteligentes que nosotros. ¿Por lo tanto cuántas de las cosas de las que tenemos certeza serán verdaderas? Conociendo esa realidad de las cinco de cada diez noticias que son ciertas, yo creo que dos son verdaderas y tres están equivocadas.

Que algo sea verdadero no significa que sea bello. Hay una fuerte propensión a difundir las cosas verdaderas de nuestra faceta más oscura, tórrida e inhumana. ¿Porqué? Porque tendemos a consumir lo que es morboso. Nos regodeamos en el infortunio y la debilidad ajena porque eso nos hace sentir diferentes, mejores y afortunados. Cuánta más encumbrada es la persona es la persona avergonzada mayor es nuestra felicidad. Hemos hecho de la humillación del otro un divertimento televisivo. Lo que no entendemos es que esta manera de relacionarnos nos insensibiliza y nos deshumaniza.

Finalmente, de cada diez noticias, con suerte, una es verdadera, bella y buena, generalmente no está en primera página.

Los caminos se construyen, los puentes se tienden, las personas se respetan, los niños se educan, los héroes cotidianos existen y los santos de la puerta de al lado nos visitan. El mundo, la gente, el barrio, los políticos son mejores de lo que nos muestran. Por eso debemos salir de ésta “infoxicación” (Alfons Cornella): la intoxicación de la información, sobre todo de las malas noticias que afectan no sólo nuestra manera de vivir (atemorizados, atenazados, enclaustrados) sino nuestra salud, hay muchas personas que están enfermas de credulidad por aquello que puede suceder y nunca sucederá.

Este afán por las pre-ocupaciones nos distrae de las ocupaciones. La mayoría de las predicciones catastróficas que ocupan metros de páginas, llenan horas de televisión y millones de bits de información, están equivocadas.

El primer consejo para combatir este mal es: seleccione cuidadosamente lo que va a leer, escuchar y ver, hágalo poco tiempo y viva más plenamente el presente y disfrute de su realidad, es más compleja, más vital y más sana.

El segundo consejo es que ejerza un sano escepticismo: no crea todo lo que le cuentan, no juzgue a los demás, y, sobre todo, no se alegre con la desventura ajena. Uno no es más feliz porque a otro le vaya mal. Uno no es más inteligente porque se hayan burlado de otro.

Pero además de estar “infoxicados” estamos enfermos de avaricia.

Cuesta muchas vidas por año la vergüenza por no poder mantener un nivel de vida que está centrado en la apariencia, en el poseer, en el competir, en el éxito, en lugar de disfrutar de ser, estar, compartir y convivir.

He visto muchas personas angustiadas porque una corrida cambiaria los va a hacer perder el dinero que luego deberán invertir para tratar el infarto consecutivo a la angustia. ¿No es más fácil no angustiarse y no infartarse?

Los bienes que uno posee: conocimiento, salud, dinero, tiempo y libertad, deben orientarse a que uno sea mejor, haga mejor y ame mejor. Mejorar es un esfuerzo cotidiano, íntimo y silencioso para tratar de estar siempre más presente en el instante actual. Para mí eso es un poquito del cielo en mi realidad cotidiana: ser, el que uno es, haciendo lo que uno hace, junto a las personas que uno ama

La avaricia es una trampa que nos lleva a creer que somos mejores porque tenemos más: tener más información no es conocer más y tener más conocimientos no es poseer más sabiduría: el necio cree las respuestas, el sabio valora la pregunta.

La avaricia nos lleva a creer que es más saludable el que se mantiene más juvenil. La apariencia de juventud es un espejismo de salud y muchos cirujanos plásticos viven de eso.

La avaricia nos lleva a confundir el ser con el poseer. El dinero se transforma entonces en el símbolo del poder y los bienes fastuosos en la manifestación del poder.

Ahora, la pregunta de fondo es ¿para qué sirve el poder? Desde mi punto de vista para dos cosas: construir o destruir.

Construir es tener claro que para lo único que vale la pena tener poder es para poder hacer el bien, es para poder ayudar a otros, es para poder sanar, aliviar y servir. Destruir es usar ese poder para parasitar, explotar, someter, enfermar y matar ¿Ese poder te hace feliz? ¿Ese poder te ayuda a vivir más plenamente? ¿Ese poder construye un mundo más justo?

Veamos lo que pasa entonces cuando disminuye el poder: en el primer caso vamos transformándonos de personas que ayudan en personas que deben ser ayudadas, la solidaridad de lo que dimos regresa ahora en la solidaridad de lo que recibimos, no siempre de los mismos y nunca de la misma manera, pero jamás estamos solos; en el segundo caso nos encontramos en el desierto, rodeados de caníbales o cadáveres. Caníbales que se ocuparán de los que dejamos muertos o malheridos y de nosotros cuando nos fallen las fuerzas.

La avaricia nos lleva a creer que el tiempo puede ser comprado, vendido o alquilado. Creemos que podemos aumentar en una madeja, o al menos en una fibra, el hilo de la Parca, soñamos con poder, al menos, desafilar su tijera.

El tiempo pasa a ser un bien efímero que se escurre lastimosamente entre las manos mientras ideamos estrategias para prolongar el tiempo.

La experiencia me enseña muy a menudo que una vida plena está centrada en un uso generoso del tiempo. Ninguna de las personas que he acompañado hasta la muerte se ha arrepentido de no haber tenido una cuenta bancaria más abultada, construido un edificio más alto o escrito un libro más exitoso, en cambio todos de han arrepentido de no haber pasado más tiempo junto a sus seres amados y cuidado más de su familia. ¿No es bueno aprenderlo antes de que nos llegue la hora?

La avaricia nos lleva a creer que la libertad consiste en hacer nuestra voluntad en lugar de elegir hacer el bien. Pensemos, por un instante en ejemplos sublimes de libertad: Cristo en la cruz, San Maximiliano Kolbe en un campo de exterminio, el Cardenal François Xavier Nguyen Van Thuan en la prisión o Nelson Mandela en su celda ¿Alguno es más libre que ellos?

Mientras muchos usan su libertad para esclavizarse, algunos usan su esclavitud para ser libres.

Yo creo que estos dos fenómenos: la intoxicación de la información y la enfermedad de la avaricia, están profundamente relacionados en los modelos que el mundo nos presenta como exitosos o fracasados.

Nos toca a nosotros comprender que las palabras “éxito” o “fracaso” son malas palabras, palabras que dañan y palabras que matan, porque ambas palabras confieren a la mirada de los demás poder sobre nuestra vida, y nuestra vida es algo demasiado valioso para ponerla en las manos de quienes son tan ciegos como nosotros.

¿Por qué no probamos otra cosa? En lugar de estar informados busquemos ser sabios y en lugar de perseguir el “éxito” nos aboquemos al servicio.

Estoy seguro que seríamos más felices. Y eso… no es un mal negocio.

Un abrazo a la majada.

Ernesto