Quizás porque las vemos con tanta naturalidad y las usamos sin ninguna dificultad pocas veces reflexionamos sobre la maravilla que tenemos cotidianamente ante nuestros ojos: las manos.

Bosquejada en una aleta, una torpe excrecencia en los comienzos de la evolución, manifiesta la esencia de la libertad, nacida para poder desplazarse, se hizo impulso en los miembros inferiores; timón y estabilizadores en los anteriores; quedó en aleta en los peces y se transformó en pata, ala y mano en los terrestres. Es tan original nuestra mano que no hay otra como ella en la naturaleza, la oposición del pulgar lo que nos permite distinguirnos de todos los demás primates.

Cuando medimos menos de un milímetro en la séptima semana de nuestra gestación brotan de nuestros costados las yemas de nuestras futuras manos, dos semanas después los vestigios tienen dedos, en la undécima semana aparecen las uñas y en la duodécima aparecen las huellas digitales que nos acompañarán el resto de nuestra vida, testificando nuestra originalidad irrepetible.

Cada mano tiene veintisiete huesos articulados y fue la primer parte de nuestro cuerpo en ser radiografiada, treinta y siete músculos la mueven, y es inervada por tres grandes nervios e irrigada por dos grandes vasos, que conforman una red intrincada y sutilísima de sistemas redundantes para asegurar que pueda sobrellevar las desventuras del destino, ser cálida en el gélido invierno y fresca en el estío, repararse rápidamente al lastimarse y adaptarse al lesionarse; es tan importante la información que provee que tiene una de las representaciones sensoriales más importantes en el cerebro humano, pues hasta hace no mucho tiempo la oscuridad reinaba en todo el mundo y ellas eran nuestros ojos en la noche.

Aunque su nombre haga referencia a cuanto nos facilita la vida[1], me gusta que esté contenida en la palabra humano, porque imagino al hombre como la mano que se eleva de la tierra[2] y pienso en lo detallista que fue nuestro Padre al modelar la arcilla con que nos hizo y cuidadosamente diseñar los pliegues de cada uno de nuestros dedos y las almohadillas que puso en nuestras palmas; me gusta también que esté en la palabra hermano[3], porque hace referencia a la verdad más profunda de nuestra existencia.

Pero más allá de la evolución, la anatomía, la fisiología y la filología de la mano, me interesa sobre todo su gestualidad.

La mano muestra nuestra humanidad y nos humaniza.

En el vientre materno el pulgar enseña al niño su primer gesto de supervivencia, succionar el dedo anticipo del pezón nutriente; en el neonato la mano que se aferra al pulgar de la madre prolonga la pertenencia e interdependencia de los cuerpos que siguen unidos aún cuando están separados; en el niño tambaleante se confían a su padre; en el adolescente errante buscan ansiosas el mundo; en el encuentro amoroso se amoldan en el sosiego; en el trabajo paciente dibujan, escriben, pulen, limpian, unen, curan, cobijan, consuelan, alimentan, enseñan.

            Las manos…

                               de Abel que ofrecieron los frutos de la tierra y las de Caín que tomaron la vida fraterna.

                               de Abraham que ofrecieron a Isaac y las del Ángel que frenaron el cuchillo del sacrificio.

                               de Moisés que tomaron el báculo y partieron a buscar lo prometido.

                            

            Y entre todas las manos, las benditas manos del Señor:

 

Gestadas en Nazaret

vieron la luz en Belén.

Cobijadas por su madre huyeron del asesino.

Enseñadas por su padre trabajaron la madera.

A los doctos en el templo le mostraron su tarea.

Partió los panes y peces

Calmó las aguas y vientos

Enseño a los pescadores

Rescató a los pecadores

Perdonó a la adúltera

Consoló a la viuda

Limpió al leproso

Curó al esclavo

Dio vista al ciego y al sordo lo hizo oír.

Tocó la lengua del mudo y cantó las alabanzas.

Al paralitico hizo andar y al Demonio hizo callar.

Salvaron a Pedro del agua y confirmaron al incrédulo.

Lavó con ellas los pies y partió el pan de la cena.

Enjugaron sus lágrimas en la noche más oscura.

No las levantó contra sus perseguidores,

ni se protegió de los torturadores.

Las hizo cruz en el Gólgota para abarcar el mundo entero

Finalmente,

enclavadas al madero,

se entregaron gritando,

para decirle a su Padre:

¡Así muere tu Hijo!

Resucitaron llagadas

en el Señor de la Historia.

 

Por eso cuando hoy mires tus manos, por un instante regocíjate con la belleza y la perfección del que las creó y úsalas para humanizarte.

Es la misma mano

la que acaricia y golpea;

la que sustrae y la que entrega;       

la que oculta y la que muestra;

la que destruye y la que crea;

la que margina y la que integra;

la que desprecia y la que alaba;

      la que cura y la que mata.

 

Cuesta el mismo esfuerzo hacer una cosa o la otra.

La decisión es nuestra.

Las manos son mucho más que un apéndice de nuestro cuerpo, son la viva expresión de lo que somos y de lo que anhelamos ser.

Un abrazo a la majada.

Ernesto




[1] Mano, deriva del latín manus, que a su vez deriva del indoeuropeo “man” que se transformó en el griego “maré” que derivó en “eumaré” (fácil de hacer)

[2] Humano deriva de humus (tierra)

[3] Hermano deriva de Germano (natural, auténtico)