Yo estoy convencido que el fundamento de nuestra Fe y de nuestra Ética es la cordialidad. El descubrimiento y el encuentro con nuestra mismidad, entendida como unicidad y universalidad en el seno de nuestro propio corazón.

Digo el descubrimiento porque nosotros somos revelados en la revelación. Nos encontramos en el encuentro con Dios.

Hasta ese momento somos opacos a nosotros mismos. Es su luz la que ilumina nuestro ser; es su palabra la que nos dice quiénes somos; es su amor el que nos muestra como somos; es su misericordia la que nos cura y es su voluntad la que nos anima.

Este encuentro íntimo y personal cambia nuestra vida. Es allí donde se nos revela que somos hijos en el Hijo y es también donde se hace patente nuestra fraternidad universal. Todos los hombres somos seres amados, elegidos, convocados por igual a una nueva forma de ser y de comportarnos y esa manera de ser y hacer manifiesta la Fe.

A partir de ese encuentro aparecen los antídotos contra los síntomas y las  enfermedades de nuestro tiempo:

 

Contra la soledad.

Contra la angustia.

Contra el egoísmo.

Contra la desunión.

Contra la virtualidad.

Contra el reduccionismo.

Contra la segregación.

Contra la violencia.

 

Empecemos con los síntomas: soledad, angustia, egoísmo y desunión.

¿Cómo vas a estar solo si todo un Dios ha creado una maravilla para deleite de tus ojos? Tanto cuando miras lo que te rodea como cuando inspeccionas tu propio corazón encuentras la obra de sus manos. Aún en el sufrimiento, la injusticia y el dolor, de un modo misterioso y profundo Él está a nuestro lado. Lo he visto en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, en la plenitud de la vida y en las vidas más limitadas, en la plenitud del gozo y el desgarro del dolor más innombrable.

¿Cómo vas a estar angustiado si en cada tarea que emprendes Él te ayuda? Despertar es una maravilla. Respirar es una maravilla. Sentir es una maravilla. Amar es una maravilla. ¿Qué obra humana es más importante que vivir? Y eso te lo dan gratuitamente cada día. Cuando sientes que no puedes, que no llegas, que no sale, pensá en toda la dignidad que concentra el grito con el cual Él expiró. Todo el proyecto terminaba en un grito. Nadie sabía que ahí mismo estaba naciendo porque antes se había puesto todo Él en las manos de su padre.

¿Dónde nace tu orgullo si todo lo has recibido gratuitamente? Como los pavos reales extendemos la majestuosidad de un plumaje en el que no tuvimos ninguna injerencia ¿Qué sentido tiene el egoísmo si sos incapaz de prever lo que pasará el próximo segundo? ¿Cuál es tu poder si no puedes evitar que se caiga ni un cabello de tu cabeza? ¿Qué es todo tu arte comparado con la más simple forma de vida?

La unión es fruto de la concordia que nace de la paz. Paz que surge de la conciliación de las diferencias que tenemos en nuestro propio corazón. La paz entre los hombres es imposible si primero no está en paz el hombre consigo mismo. El encuentro íntimo con Él es lo que nos permite reconciliarnos con nosotros mismos. La lucha entre nuestros pensamientos y nuestros actos; nuestros deseos y nuestros deberes; nuestros anhelos y nuestras conquistas generan iras, frustraciones, colisiones. En cambio, cuando hacemos propios Sus pensamientos, Sus deseos, Sus anhelos, o al menos cuando pedimos que convierta nuestros deseos a los Suyos, comienza un proceso de pacificación interior, que se va a manifestar como comprensión, tolerancia, templanza, paciencia, solidaridad, serenidad y gentileza hacia los otros. Así nace la paz y se consolida la unión. ¿Si en cambio tienes tu propio corazón dividido cómo vas a estar unidos a otros?

Esa conciencia de ser uno con todos, de proximidad de unos con otros, de similares angustias y soledades, de similares flaquezas y virtudes, esa conciencia de universalidad es la mejor medicina contra las enfermedades de nuestro tiempo.

Veamos ahora las enfermedades: virtualidad, reduccionismo, segregación y violencia.

La virtualidad es sólo un aspecto de la realidad. Es en sí misma una realidad que siempre ha formado parte del hombre, todo el arte no es sino la realidad de la virtualidad, inclusive la palabra humana es una realidad diferente de lo nombrado. Hoy gracias a la tecnología podemos estimular todos nuestros sentidos tanto la vista, el oído, el tacto, el movimiento y el olfato de tal manera que nuestra conciencia se colme de efectos especiales, se deslumbre con la nitidez de las formas, el brillo de los colores, el vértigo de los cambios y la belleza de los sonidos. Es tan grande y devastador su poder que puede hacernos padecer una realidad inventada, pues ninguno de los parámetros que usamos nos permite hoy saber cuándo algo sucedió realmente o si sucedió de la manera que nos lo muestran. Esto lleva a que la persona se aleje, al menos temporalmente, de la cotidianeidad. Este escapismo nos va convirtiendo paulatinamente en seres aislados, vulnerables e insociables. El antídoto es ir al encuentro del otro, salir, percibir, sentir, la otra realidad, que es menos estridente pero mucho más vital; es menos brillante pero más profunda; es menos lúdica pero más rica.

El reduccionismo es tomar como realidad sólo aquello que puede medirse o tiene precio. Todo lo demás es despreciable. Es muy importante medir pero mucho más importante es saber que no es lo más importante. El tiempo es valioso, el reloj un instrumento. La vida es valiosa, el colesterol, los latidos, la respiración, son variables medibles. La belleza es importante, el lienzo, la piedra o la pantalla de computadora son medios para expresarla. Las personas son importantes, los bienes de intercambio una manera de relacionarnos. El amor es importante, los cambios electrofisiológicos y hormonales son variables menores. Es un notable error de los economistas creer que las leyes del mercado deben aplicarse a lo que no es mercadería. Es un notable error de los médicos pensar que sólo deben atender enfermedades y normalizar parámetros. Es un notable error de los educadores pensar que su función es que sus alumnos logren altas calificaciones en las pruebas. Es un notable error de los políticos creer que su tarea es tener buenos índices en los parámetros estadísticos. No porque sean despreciables las mercaderías, los parámetros, las pruebas o los índices sino porque todo eso importa en la medida en que son consecuencias de los actos que lleven a que el más vulnerable, enfermo y marginado de nuestros congéneres está valorado, cuidado, educado y protegido. En eso consiste el objetivo de la economía, la medicina, la educación y la política. Cuando la economía es reducida al mercado, la salud al parámetro, la educación al test y el ciudadano al voto, no lograremos jamás tener una buena economía, salud, educación o política.

La segregación es la consecuencia inmediata del reduccionismo, todo debe ser clasificado, las personas se agrupan por características similares o intereses afines y se comienzan a distinguir, separar y aislar. El paso siguiente es la grieta o el muro. Se transforma la ciudad en espacios cerrados, las casas en cárceles, la calle en una zona de disputa. Se lucha por el poder y se vive con miedo. Empieza una competencia Darwiniana en la que todo vale para sobrevivir. Se olvida que somos una familia. Se prioriza lo urgente. Gana el más fuerte y perdemos todos. Los que depositan su confianza en la cuenta corriente olvidan que van a ser atendidos en la guardia del hospital más próximo al accidente que padezcan; los que se codean sólo con los de su estirpe se olvidan que comen lo que preparan sus sirvientes; los que explotan a sus empleados olvidan que alguna vez sus hijos o nietos serán empleados; los que sienten que es un acto de justicia ser insolidarios olvidan que alguna vez necesitarán un órgano.

Finalmente la violencia. Cuánta razón tiene nuestro Maestro cuando enseña que todos los males salen de nuestro propio corazón. Primero se aleja al otro, luego se lo degrada y finalmente se lo esclaviza o se lo mata. El primer gesto es alejarse, deja de ser próximo. Abel hubiera sobrevivido si Cain se hubiera quedado a su lado. Caín no hubiera sido asesino si hubiera permanecido con Abel “¿Soy yo acaso el custodio de mi hermano?” Preguntó luego del crimen. “Si”, gritó el silencio de Dios. Esa es la revelación que se encarna en nuestro Señor. Esa es la Palabra que pronuncia Dios a los que descendemos de Cain. Si creemos de veras entonces debemos ser la respuesta a las necesidades de nuestros hermanos.

¿Somos bienaventuranza en la vida del que está aquí y ahora a mi lado? Ese es el signo. ¿Somos pan, somos justicia, somos consuelo, somos cobijo, somos paz, somos trabajo, somos salud, somos buena noticia, somos alegría? Ese es el signo.

No para que otros vean sino para en lo secreto de tu corazón Él habite.

Creo firmemente que nuestro creer y nuestro hacer nacen de ese corazón entregado a las manos del Padre.

Creo que de la experiencia íntima de ser amados más allá de nuestras imperfecciones nace el amor que somos capaces de dar.

Esa es también mi esperanza.

El Reino empieza acá, en la intimidad más secreta y en la proximidad más cercana.

Hoy es un buen momento para pedir que venga a nosotros.

 

Un abrazo a la majada

Ernesto