En la decimotercera catequesis sobre el discernimiento (que te invito a leerla porque es excelente) esta frase de nuestro Pastor resaltó sobre todo el resto.

Nuestro Pastor la relaciona con el crucifijo, con Cristo crucificado, pero también me parece oportuno relacionarla con el Niño que recién ha nacido: “Un Dios nos ha nacido, un niño nos ha sido dado” cantamos en la noche de Navidad.

Belén y el Gólgota están entrelazados, en el dolor de la muerte está la esperanza de la resurrección y la mirada dulce del niño que se ha entregado, sin comprender y sin dudar. En la alegría del nacimiento del Niño hay una espada que va a atravesar el corazón de la madre.

La trama de la vida está entrelazada por el dolor y la alegría, la muerte y la resurrección.

Pero lo interesante de ambos momentos es que Dios no da miedo y es este miedo sobre el que quiero reflexionar.

Si tuviera que sintetizar lo que significa en mi vida la catequesis de Francisco diría que me hizo redescubrir a Dios. 

Ha hecho un esfuerzo enorme por mostrarnos un Dios, Padre, misericordioso, tierno, respetuoso, silencioso, que no se cansa de perdonarnos y nos ama más allá de nuestras miserias. El lo dijo hace varios años: un Dios Padre que nos ama como una madre.

Este amor maternal de Dios nunca había formado parte de mi idea de Dios. Es un descubrimiento fruto de la catequesis de nuestro Papa. Y creo que refleja con una gran profundidad un misterio enorme.

 

¿Por qué la misericordia de Dios es mayor que su justicia? 

¿Por qué hace salir el sol sobre buenos y malos? 

¿Por qué permite que la cizaña crezca junto al trigo?

 

Estas preguntas y sus respuestas generan indignación hasta que nos damos cuenta que nosotros nos beneficiamos de su misericordia, que nosotros nos beneficiamos del sol aunque seamos malos y que nosotros crecemos junto al trigo y esperan pacientemente que cambiemos antes de cortarnos.

Pero esta perspectiva maternal del amor de Dios tiene una segunda aproximación: aprender a no tenerle miedo a Dios.

Si la primera característica sobresaliente del Papado de Francisco es su catequesis sobre la misericordia de Dios, la segunda es el llamado a acercarnos a Él con confianza y sin temor.

Cuánto le hemos temido. Esa imagen de Dios todopoderoso, creador, invencible y terrible, con legiones de ángeles, castigador de las faltas y fustigador de los soberbios y los poderosos. Ese Dios inaccesible que escribe sus mandamientos en piedra y castiga a Moises por golpear tres veces la piedra. Ese Dios que anuncia y cumple con el exilio a Babilonia. Ese Dios loado por Jeremías. Ese Dios acompaña también el nacimiento de la fe de los hombres y de nuestra propia Fe.

Esa Fe va madurando a medida que vivimos y descubrimos la brisa de Elias; el buey que pasta con el león y el Niño que mete la mano en el agujero de la Serpiente de Isaías; el pastor que nos hace descansar en verdes praderas de David y sobre todo con el recién nacido en Belén. Dios nos ama y desea que tengamos Paz en la tierra. 

No es otro Dios. 

Es otra revelación de un Dios inefable.

Ese Dios que se encarnó, vivió con nosotros treinta y tres años, murió condenado por una justicia que temía a Dios y a los dioses, y resucitó al tercer día para cambiar la faz de la tierra.

Esa revelación de Dios que se muestra en el nuevo testamento y sigue fructificando con el magisterio de la Iglesia, es un Dios que se aproxima, comparte nuestros padecimientos y alegrías, es accesible y sobre todo amigo. Nos revela sus secretos, porque no le parece al amigo sacar de su corazón lo que pone en el corazón del amigo, como sostenía Santo Tomás de Aquino.

Ese Dios amigo, nos deja el don del Espíritu Santo, la calidez de su Buena Noticia y el alimento de su Eucaristía. En eso consiste el amor maternal de Dios: Palabra, Cobijo y Alimento para el camino de la vida.

Ese Dios nos dice: no teman. No sólo no teman al mundo sino no me teman. Mi amor es tan grande por ustedes que siempre estaré dispuesto a esperarlos, a escucharlos, a acompañarlos, a ayudarlos, nunca estarán solos Yo estaré siempre con ustedes, desde el primero hasta el último aliento.

Ese Dios que nos ama incondicionalmente nos convoca a una sola cosa: ama a tu prójimo como a ti mismo, esa es la ley, ese es el mandamiento.

Así como no le pedimos a una madre que elija entre sus hijos, los ama a todos, buenos o malos. Así como no le pedimos a Eva que elija entre Abel y Caín. Tampoco le pidamos a Dios que elija entre sus hijos pues nos ama a todos. Debemos implorar que los que están en gracia perseveren y los que no estamos en gracia nos convirtamos, como rezaba Santa Juana de Arco, porque eso hará que el Reino esté más cerca.

Testigo participativo de Belén y el Gólgota es nuestra madre. Ella que lo dio a luz también lo sostuvo al bajarlo del madero. Ella es el arquetipo de creyente, a ella debemos mirar cuando dudamos, en ella debemos cobijarnos cuando la vida nos toma en la intemperie, ella amó sin temor, hasta el final.

Que cuando veamos al Niño en su pesebre recordemos esta lección de nuestro Pastor: aprendamos a no tener miedo de Dios.

Un abrazo a la majada

Ernesto

 

 

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