El relato de San Juan sobre la resurrección de Lázaro nos enfrenta a varias interpretaciones sobre palabras que son cruciales en nuestra vida: amistad, vida y muerte.

Es un relato en el que se ven diferentes sentidos de la palabra amistad: la amistad de Cristo y su Padre; la amistad de Cristo y Lázaro; la amistad de Cristo y las hermanas de Lázaro; la amistad de Cristo y los discípulos; la amistad de Cristo y el resto de la comunidad.

Empieza mostrando que Jesús se entera de que sus amigos le requieren: “el que tú amas, está enfermo”, sin embargo no deja inmediatamente lo que está haciendo y acude al requerimiento sino que continúa con su tarea.

Esto deja una gran lección: no siempre entendemos lo que hace nuestro amigo; no siempre podemos o queremos dejar de hacer lo que estamos haciendo para ir al encuentro de nuestros amigos; pero, sobre todo, nos deja el mensaje de que todo cuanto hagamos lo hagamos para gloria de Dios: ya sea que vayamos a verlo o sea que nos quedemos sin ir, que ambas sean actitudes destinadas a hacer la voluntad de Dios.

Ese es el fundamento de la amistad de Cristo con su Padre.

Aparentemente cuando deja de ir es incomprensible y cuando decide ir también es incomprensible, sus discípulos le dicen: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?». Sin la clave anterior pareciera que la voluntad de Jesús es incoherente, pero desde la voluntad de obedecer en todo a los deseos de su Padre, es totalmente clara. De hecho les dice: “me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean”.

El encuentro con las hermanas también es un signo de la amistad, ni Marta ni María comprenden al Señor, pero ambas están convencidas de que si Él hubiera estado allí no hubiera permitido que Lázaro muriera. Frente a sus amigas Jesús les explica que va a resucitar a Lázaro porque que Él es la vida y la resurrección, pero también se conmueve por el dolor de las hermanas y llora.

 

Nuestra Fe no nos alivia del padecimiento y el sufrimiento humano. Le dan sentido y nos llena de esperanza, pero al igual que a nuestro Señor el dolor del otro nos conmueve y al igual que las hermanas muchas veces no lo entendemos.

 

Finalmente el milagro expresa la íntima amistad de Cristo con el Padre, siempre es escuchado.

Santo Tomás definía la amistad como una relación en la que no hay secretos, porque los amigos se comunican todo y cuando hay verdadera amistad “al amigo no le parece poner en corazón ajeno lo que saca del propio”. Así de unidos están el Hijo y el Padre.

Es también un relato sobre la vida y la muerte.

Para nosotros son dos realidades diferentes y contrarias, sin embargo deberíamos verlas como realidades entrelazadas y complementarias.

La muerte irrumpe en la vida cotidiana en cada elección que tomamos: algo nace y algo muere cada vez que hacemos una cosa en lugar de otra.

La muerte echa raíces en nuestro pasado y nuestra memoria y la vida le da viento a las alas de nuestro presente y nuestro futuro.

Para poder navegar la barca necesita de ambas cosas. Sin el lastre de la muerte la nave zozobra en la tempestad, sin el viento de la vida la nave no surca las aguas.

Nuestra historia, nuestras experiencias, nuestros dolores, nuestras pérdidas, nuestras carencias, nuestros olvidos, forman parte de ese peso que permite que la barca tolere los embates, nuestra vida está llena de pequeños y cotidianos duelos que nos preparan para el momento final de nuestra vida: morir.

Al mismo tiempo nuestros anhelos, proyectos, esperanzas, deseos, tareas, misiones, lanzan nuestro ser hacia adelante, la vida es la fuerza que nos impulsa a vivir un día más, a respirar una vez más, porque hasta el último suspiro miramos con los ojos abiertos lo que nos espera.

Toda vida es extremadamente valiosa, porque es un misterio convocado por Dios a existir y toda vida humana es particularmente valiosa porque es un misterio convocado a existir como imagen y semejanza de Dios.

El ser humano es convocado a vivir conscientemente para ser conciencia y custodio de quienes carecen de ella, por eso, como dice nuestro Pastor el cuidado de la casa común nos ha sido confiado por nuestro Padre a todos los creyentes.

En eso se manifiesta nuestra humanidad, en el cuidado de la vida de todos los seres, especialmente los más vulnerables.

Aquí es dónde aparece el milagro, si bien la muerte y la vida están entrelazadas en la cotidianeidad, la presencia de Jesús abre una puerta nueva, da una luz nueva, llama a la resurrección.

El encuentro con Él cambia el tablero: la muerte no es más que un sueño en el que el creyente espera ser llamado.

Él es la Vida, la Resurrección.

Él ha vencido la muerte como destino final.

Él ha transformando un estado en un instante. Ya no estamos muertos. La muerte es ahora sólo una pregunta: ¿Crees en el Hijo del hombre? ¿Tienes Fe en que Él es el Señor? “si crees, verás la gloria de Dios”. Depende de nosotros que respondemos. Ojalá el día del llamado digamos “Señor si creo”.

Finalmente deja una tarea para los que observan el milagro: “desátenlo”.

Jesús llama a Lázaro y Lázaro resucita, pero allí no termina el trabajo, ahora nos toca actuar a todos los que hemos visto el milagro.

La gracia inicia un camino que se construye en comunidad.

Así como Lázaro fue llamado de la muerte a la vida, también nosotros en el Bautismo fuimos llamados de la muerte a la vida.

El rol de la comunidad no es resucitar a los muertos, esa es tarea de Dios, nosotros no tenemos la capacidad ni el don de hacerlo. Nuestra tarea es desatar. Liberar. Quitar las ataduras, sacar las vendas que impiden ver y oír, ayudar a quienes como nosotros han sido rescatados de la soledad, el dolor y la oscuridad para que vivan plenamente.

 

Esta Cuaresma ha sido particularmente atravesada por el misterio de la vida y la  muerte, que nuestra mirada no vague por la devastación sino que se eleve al Señor de la Vida.

 

Que su Luz alumbre los rincones más oscuros del alma.

Que su fuerza anime la intimidad desolada.

Que su voz resuene y abra los oídos más sordos.

Que el servicio y la solidaridad desaten las ataduras de los que más sufren.

 

Un abrazo a la majada.

Ernesto Gil Deza