En estas semanas he estado reflexionando sobre las parábolas del Reino, pero desde la perspectiva del tiempo

La consciencia del tiempo es el gran legado que nos ha sido dado junto con la vida. El tiempo de vida es el don que nos es otorgado como maná cada día. La noción de tiempo nos permite ver los cambios que acontecen, nos permite comprender las causas que anteceden a las consecuencias, nos permite comprender la distancia por el esfuerzo necesario para desplazarnos, nos permite aprender de las experiencias y nos permite imaginar un futuro.

El tiempo… 

Eso es lo que tan generosamente siembra el sembrador. Somos nosotros los que un día lo usamos para cosas infértiles, al siguiente apenas permitimos brotes superficiales, otro día lo ahogamos abocándonos a tareas insensatas y a veces, somos también tierra fértil que permitimos que ese tiempo se multiplique por treinta, sesenta o cien.  El Señor sigue regalándonos la dicha cotidiana de poder usar nuestro tiempo. Un día será el tiempo de la siega, pero todavía es de la siembra.

El tiempo…

La paciencia de Dios es infinita. La siega se hará en el momento oportuno, hoy el tiempo que se hace trigo está junto al tiempo que se hace cizaña. Ambos están creciendo en terreno fértil. El maligno confía en la cizaña, el Señor confía en el trigo. Hay tiempo, tiempo para ver cómo crecen, tiempo para ver cómo cambian. Al principio son difíciles de diferenciar luego no, es más, el trigo probablemente sea el primer ser vivo domesticado por el hombre, pero seguramente el primer trigo cultivado por la humanidad haya sido tan agreste como la cizaña. ¿Es posible que algunos brotes que inicialmente creemos que son cizaña finalmente sea trigo? Esa duda es la que expresa el Señor ante el celo de los servidores. El tiempo de la espera de Dios es tiempo de crecimiento del hombre. Dios todavía espera.

El tiempo…

El tiempo del misterio está escondido en el minúsculo grano de mostaza. Allí, sin que lo veamos, está el arbusto que crecerá dando sombra y cobijo. El tiempo de la vida es tiempo de sorpresas y misterios, escondidos en recónditos laberintos y jugando a las sombras con nuestro entendimiento la vida en su admirable belleza, se expresa de mil maneras. El tiempo del conocimiento, del descubrimiento, del asombro que hecha luz sobre nuestra ignorancia. El camino de la ciencia que estudia la escritura de la naturaleza conduce al conocimiento de Dios y el camino de la Teología que estudia la revelación lleva al descubrimiento de que el Universo entero es don puesto bajo la responsabilidad del hombre. ¿Qué es el hombre para que así lo trates? Quien debe cuidar la casa común. Dios todavía enseña.

El tiempo…

El tiempo de transformación, es el de la harina y la levadura. El tiempo del trabajo del hombre, que transforma la realidad permitiendo que aparezca algo radicalmente nuevo: el pan. Ya no es agua, no es harina, no es sal ni levadura, es todo eso luego el tiempo que hombre ha entregado para hacer la masa y el tiempo de Dios que ha hecho crecer al hongo y le dio liviandad, sabor y alegría a la masa, el calor del horno fijará el proceso y saciará al hambriento, festejará las fiestas, consolará al doliente y alegrará el corazón del sufriente. Es Dios que se arremanga junto al hombre que siembra, junto al hombre que siega, que se hace polvo en la molienda, y transforma la vida de todo el hombre. Es el tiempo de la transformación y la nutrición, del crecimiento y la dicha. Dios se hace alimento.

El tiempo…

El tiempo del compromiso ante el descubrimiento del Reino, es el tesoro escondido en el campo. Ignorado por el labrador y también por el arrendatario. Sólo Dios sabe que hay un tesoro. El dueño del campo, quizá ni siquiera lo ha visitado y desconoce que en las entrañas de su tierra hay un tesoro. El labrador no lo espera, desentierra algo que es sorprendente. El sabe que ahora el campo tiene un valor muy superior. Cuántas veces somos como el arrendatario ignorante, despreciamos los dones que hemos recibido, en el tiempo de nuestra vida hay tesoros enterrados de gran valor. ¿Dónde ha quedado la alegría con la que jugabas en tu infancia? ¿Cómo eras de adolescente cuando te enamorabas? ¿Cuánto esfuerzo eras capaz de poner por los colores de tu equipo? ¿Cuánto te indignabas ante la injusticia, la indiferencia, la mentira, la corrupción? ¿Recuerdas cuando juraste? ¿Dónde enterraste las ilusiones de tu futuro? ¿Te acuerdas cuando no tenías nada, pero tampoco tenías miedo? ¿Recuerdas cuando tenías poco, pero te sobraba el tiempo? Antes de arrendar tu campo sería bueno que vuelvas a revisar si no esconde algunos de los tesoros que Dios te dio. Dios es pródigo en sus dones.

El tiempo…

El tiempo del final. Ese es el tiempo del experto en perlas. Toda su vida ha comerciado con perlas, diminutas imperfecciones van transformándose en bellezas perfectas, en el seno de una ostra, en las profundidades del mar. Imperceptiblemente van creciendo. Son toda una sorpresa, pues nadie puede imaginarlas antes de exponerlas. Quien la descubre sabe lo que está buscando, subyugado por su belleza y perfección sabe que no va a encontrar otra igual. Vale todo. No hay regateo ni duda. En eso y no en otra cosa consiste el tiempo del encuentro del hombre con Dios. Dejas el arado, el yugo, los bueyes, las redes y los muertos. Es tiempo de libertad. Es tiempo de seguirlo. Algunos serán convocados a la mañana, otros al mediodía y otros al atardecer de la vida, pero cuando el llamado llega toda la vida cambia. Dios sigue llamando.

Ese es el tiempo del reino, tiempo de siembra, de crecimiento, de transformación, de descubrimiento y de encuentro. 

Este tiempo de cuarentena y de intimidad. De temor y de diálogo. Es también un tiempo para volver a meditar sobre cómo administramos nuestro tiempo, el tiempo de hoy, el único que tenemos.

 

Un abrazo a la majada.

Ernesto